Martes, 19 de Septiembre de 2017

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New York City: New Paintings

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New York es una de las ciudades a las que más atención han prestado los artistas del siglo XX. Su vitalidad y su ritmo frenético de agitación y ruido permanente ha sido fuente inagotable de inspiración, produciendo caudales generosos de arte, en cine, literatura, música, fotografía o pintura.

El artista vallisoletano Luis Pérez, que desde hace tres años vive y trabaja en Londres, tuvo ocasión de sentir la seducción de esta sorprendente metrópolis gracias a la Beca de Artes Plásticas concedida por la Diputación de Valladolid. Fue allí donde tuvo lugar la gestación de esta exposición, al reunir impresiones, vivencias, fotografías que le sirvieran de referencia, para más tarde tomar forma en su estudio.

No hay duda de que el Hiperrealismo americano se deja sentir en él, proponiéndose reproducir la realidad con la misma fidelidad y objetividad que la fotografía. A pesar de basarse en modelos fotográficos, su obra no se acaba en la alusión precisa de la fotografía, sino que logra crear una verdadera composición pictórica, en donde un virtuoso dibujo y un estudio científico de la luz se convierten en los pilares de la obra. Las composiciones de estas pinturas también muestran la influencia de la fotografía, con aparición de tomas en gran angular o incluso panorámicas.


El artista huye intencionadamente de los emplazamientos turísticos y prefiere mostrar escenarios menos habituales, zonas suburbiales de los barrios de Brooklyn o Queens. Aquí nos encontramos por vez primera algunos de esos rasgos característicos de la ciudad americana tantas veces reproducidos en el cine o en la televisión: viejos edificios industriales cubiertos de graffitis, signos del deterioro a los que dota de insospechado protagonismo. La luz por su parte, se muestra clara, heredera de la más pura tradición americana.
El artista hace uso de una iconografía de lo cotidiano, captando momentos banales que de otra forma pasarían desapercibidos. En su obra “Subway” nos presenta a dos personas de espaldas que, recluidos en sí mismos como islas incomunicadas, esperan la llegada del metro. Una escena cargada de cotidianeidad, captada gracias a su capacidad de observación y de convertir en temas pictóricos los detalles visuales de la realidad. El objetivo es pues apresar el instante en su inmediatez, subrayar lo efímero y cambiante como cualidades distintivas de la ciudad. Lo mismo observamos en la obra, “Street Basket” donde la representación del tiempo congelado adquiere todo su significado.


Su uso de los reflejos representa la idea de lo fugaz, del tiempo suspendido. Reflejos que apenas permanecen un instante y se desvanecen para siempre. Reflejos que nos recuerdan a los que aparecen en la carrocería de los coches y en los cristales de los escaparates de Richard Estes. Se trata ni más ni menos que de una manera de mirar al mundo.
A través de estos juegos de luz y color que se despliegan en las superficies convexas de los cristales, percibimos el mundo real pero invertido, fragmentado y deformado. Por otra parte, el cristal no solo refleja sino que también transparenta, mezclando y confundiendo la realidad, creándose un interesante juego barroco de falsas apariencias. De este modo, la realidad se nos antoja pura abstracción y se convierte en un conjunto de manchas de color que nuestro cerebro logra ordenar.

En las dos obras tituladas “New Yorkers I y II” refleja la idea del anonimato, en una ciudad en donde la gente se cruza a una velocidad de vértigo sin tan siquiera rozarse, donde el espacio vital de cada individuo está perfectamente delimitado y donde el estar viendo y no mirar se ha convertido en una forma de vida. Su luz fría y fuerte contraste eliminan cualquier rastro de individualidad. El espectador se sitúa distante, observando la escena desde las alturas, con la ciudad a sus pies.

La individualidad que se nos niega en las anteriores juega un papel fundamental en su obra de estudio de personajes. En ella varios arquetipos urbanos elegidos al azar son despojados de su entorno, aparecen descontextualizados y unidos por un único nexo: su condición de neoyorquinos.

El juego de abstracción y realidad no termina en los reflejos; va mucho más allá en su serie de estudios de movimiento, en donde el límite entre ambas es tan difuso que se confunde, y en donde el color cobra todo el protagonismo.

Las influencias en la obra de Luis Pérez quedan claras desde el principio. Su admiración por los grandes pintores norteamericanos se deja entrever en muchas de las obras. Referencias a la luz de Edward Hopper, al dibujo de Norman Rockwell o a las escenas de Estes son claramente reconocibles para los amantes de la tradición figurativa.

Disfrutemos pues, del retrato personal y de lo más heterogéneo que nos traza este joven artista de prometedora trayectoria sobre la gran ciudad norteamericana.

Elena Robles García

Del 14 de Diciembre 2007 al 4 de Febrero 2008

Galería Rita Castellote
Torrecilla del Leal, 3 - Madrid - España
www.galeriaritacastellote.es

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