Lunes, 21 de Mayo de 2012

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Alejandro Chaskielberg. La Creciente

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Varias escenas frías y un paisaje dorado

En la cumbre más radiante de la noche, bajo el movimiento de la luna llena, aparecen las imágenes. Minuciosamente concebidas, y azarosas: lo planeado puede tomar un giro diferente cuando empiezan a actuar los destellos. El artista busca prever los derroteros de la luz de la misma manera en que tratamos de instalar un sueño repitiéndonos una idea durante la vigilia que antecede al dormir, cuando rogamos que nada nos despierte para poder entrar de lleno en la fantasía. Se puede insistir, y puede que el sueño efectivamente sea el esperado, pero lo más probable es que haya desvíos. De una exquisita combinación entre previsiones y desvíos están hechas las fotos de Alejandro Chaskielberg.


Como cazadores furtivos, los integrantes del equipo se adentran en el follaje a la espera del momento que hay que atrapar. La escena se prepara durante días, semanas, y sólo cobra cuerpo cuando la cámara de placa inicia la lenta sujeción de lo apenas visible; pasarán cinco, diez minutos hasta que de esa oscuridad espesa brote lo que estaba oculto. Durante la toma, con una linterna, Chaskielberg aplica acentos veloces en algunos de los puntos donde tocan los rayos de luna. Mientras la luz baila alguien posa inmóvil, expectante y en silencio. Un hombre que carga un tronco, una mujer acunada por las hojas, un hombre que mira a una mujer que observa el paisaje desde un bote. El agua del Delta los envuelve y los acompaña. Son, en cierto modo, vigías de la creciente.

Tal vez más abierto a las influencias de la literatura inspirada en el Tigre que a la vasta tradición de la fotografía nocturna, Chaskielberg urde una trama sin desdeñar las invitaciones documentales que salen al paso de su ficción. Lleva sus propios personajes y también toma los que el Delta le da, como ese niño que retrata ante una boya. Selecciona con cuidado sus fondos, y a la vez se rinde a los matices inesperados que el obturador de la cámara deja entrar. Un sistema de precisión científica apoya la construcción de las imágenes; la hora y el lugar exacto por donde aparecerá la luna pueden ser calculados sin margen de error. Y sin embargo, mucho de lo que sucederá después no dependerá de estas operaciones de control –el arte como una de las formas del control sobre lo real– sino de unos gestos fugaces e intuitivos, trazados en un set de sombras completamente abrumado por los ruidos de la Naturaleza.

Despierto a los actores y los llevo a la escena de noche por el monte, cuenta el fotógrafo. Al llegar al sector elegido, todavía medio dormidos, se quedan quietos esperando la captura bajo el baño de luna. Las composiciones resultan en general verde-azuladas, frías desde un punto de vista cromático. La luz blanca condiciona la lectura de sus acciones y los vuelve más distantes, más contemplativos. Es justo ahí cuando se cuela una zona dorada, y de golpe todos los marrones del Delta copan la imagen y todo puede ser visto de otra forma. Se enrarece la percepción, la creciente se reenfoca. Un murmullo llega, una canción, dice por favor no me despierten, no, no me sacudan, déjenme donde estoy, sólo estoy durmiendo.

Eva Grinstein

Del 28 de noviembre al 29 de diciembre de 2007

Ruth Benzacar Galería de Arte
Florida 1000 - Buenos Aires, Argentina
Lun a Vie de 11.30 a 20.00, Sab de 10.30 a 13.30 hs.
Tel 4313 8480

Fuente: www.ruthbenzacar.com

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